Ayer calleron a última hora en mi poder unas invitaciones para ir a ver el ensayo general de esta obra. Un regalito así no se puede despreciar. Preparamos la cena de las fieras anticipadamente, les dimos instrucciones precisas que por supuesto ignoraron y para allá que nos fuimos.Es la primera vez que asisto a un ensayo general de ópera (y quizá la última, ¿quién sabe?). El ambiente es totalmente diferente. Un teatro medio vacío a media luz, un puñado de espectadores privilegiados, los directores del espectáculo en medio del patio de butacas con su mesa y su linterna, el fotógrafo (otro privilegiado) disparando sin parar, la orquesta y su director en vaqueros... Si en algún momento de la representación alguien hubiera gritado "¡stop!" "¡eso no es así!" "¡da capo!", mi felicidad hubiera sido completa.
Al principio la desnudez del escenario me chocó. Estoy acostumbrada a los decorados minimalistas, pero para este van a tener que inventarse nuevos concepto. Es el no-decorado. Luego el torbellino de emociones sin pulir te va atrapando, personificado en las excelentes voces y representaciones de Dalibor Jenis (Conde Luna-barítono), Hui He (Leonora-soprano), Elisabetta Fiorillo (Azucena-mezzosoprano) y Walter Fraccaro (Manrico-tenor) y comprendes la desnudez del escenario: todo el dinero ha sido invertido en los cantantes. Y yo lo aplaudo. Con las orejas si es preciso.
Aún ahora, mientras escribo esto y rememoro, se me eriza la piel. El espectáculo comienza espectacularmente y así termina también. No hay obertura, ni falta que le hace.
Y después de este torbellino de pasiones en estado puro yo me pregunto: ¿realmente los seres humanos fuimos alguna vez así (en un tiempo no muy lejano) y se nos ha vuelto la sangre aguachirri o es una visión romántico-exagerada de hasta donde podemos llegar si nos dejamos llevar? Me quedó un poco larga la preguntita.
Total, que al final acaba una sobrecogida de tanta belleza, tanta poesía y tanta maldad humana. Apoteósico.









